Es común encerrarse en uno, entre fantasías e ideas conocidas que consumimos asiduamente, como si fuera un big bang mental que ha llegado a su fin, donde parece que se ha enfriado todo y queda más de lo mismo.
No es la muerte, es una forma de esquivarle a la acción y el compromiso por algo, resulta más fácil respirar, seguir en la de siempre modo «piloto automático».
Lo complicado de este estado existencial es que perdemos la libertad real al encerrarnos en nuestro mundo, que en definitiva es un «yo» hecho de cosas no dichas o diluidas en un lenguaje evasivo de verdades; en otras palabras, no queremos ser nosotros mismos.

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