
Duele Gaza, duelen las víctimas israelitas del terrorismo islámico.
Pasar por esta vida una sola vez, sin haber alzado la voz ante la masacre que significa sepultar a un pueblo, me deja fuera de la dignidad humana. Bajo la excusa inaceptable a esta altura de los acontecimientos de una guerra contra el terrorismo, privar de los recursos básicos para la supervivencia al amplificado oponente, avanzar sobre la tierra de una nación a la que se le niega soberanía y libertad, eliminar indiscriminadamente personas con total impunidad; no tiene excusa ni justificación válida alguna más que la razón genocida israelita-estadounidense que desconoce en su avance la humanidad.
Palestinos que han sido históricamente rehenes de grupos terroristas islámicos, sin capacidad para cambiar la realidad desde una Comunidad focalizada en la paz y la prosperidad. Palestinos que, de un modo u otro, no tuvieron la valentía cívica de confrontar abiertamente a lo que se gestaba en la sociedad organizada bajo la resistencia armada que devino en terrorismo y los llevo al desastre.
Argentinos, no pocos, que sostienen irracionalmente la teoría de los dos demonios, en una asimétrica supuesta guerra, donde el poder militar abrumador de una parte se impone en todos los ámbitos, eliminando la vida a su paso como una maquinaria de muerte fuera de control. Estar en guerra contra una población indefensa, a la que se le niega Estado, territorio, soberanía, independencia, libertad, autodeterminación. ¿Se puede considerar guerra a un contexto de estas características, es real una guerra bajo estas condiciones?
Ni siquiera la muerte los iguala ni le trae paz a nadie. Miles y miles de palestinos sin nombre, sepultados en fosas comunes, desintegrados en el fuego de misiles y bombas; mártires israelitas cuyos nombres exigen una redención a través del dolor de sus seres queridos.

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