
Algunos legisladores que se oponen a legislar contra los discursos de odio, se hacen llamar «libertarias/libertarios» y se les han colado en sus filas una turba medieval donde la libertad no tiene cabida, mucho menos respeto.
Seamos precisos en los argumentos, dejemos la poética de lado:
- Libertad entendida como licencia del vale todo, salirse con las suyas para los del mismo palo y ni siquiera justicia hacia los enemigos. Muy argentino, libertario peronista.
- Aquí la legislación que penaliza discursos de odio, para los violentos es una pretensión del poder que impone control, restricciones; no que protege a los débiles. Victimización del agresor.
- La víctima del discurso de odio no es una persona concreta, real, de carne y hueso; lo que importa supuestamente es el ciudadano en general, abstracto, fiscalizado por el Estado.
- Si criticamos el abuso del fuerte contra el vulnerable, somos Hitler o Stalin. Es como estar en contra de la esclavitud, cuando respetar la normalidad de la «gente de bien» es respetar la ley vigente que alcanza y sobra.
- Banalizar el mal es infantilizar el odio, vaciarlo de contenido: no es delito odiar, despreciar a otros no causa daño, autopercibirnos superiores a los demás no es algo que tenga consecuencias. Es mejor que estés en la vereda de los que tienen poder para odiar libremente. Lo contrario sería ser parte del Caballo de Troya que atenta contra la libertad de expresión.

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