Libres nazimos o la crítica de la crítica

No necesitamos darle tantas vueltas, cuando pienso que soy un estúpido y tengo dinero, me siento feliz. No pensar demasiado, con muy poco alcanza, de hecho, no hacerlo es la realidad de mucha gente que simplemente respira y le va bien. La contracara de lo mismo es que no importa que tan pelotudo seas, tu inteligencia consiste en hacer tu trabajo y hacerlo bien.

Tenemos que quitarle el peso de la seriedad a la crítica, lo vemos a menudo en Argentina, el esfuerzo recurrente, el desfile de pensadores, analistas, intelectuales, profesionales, consultores, estadistas, buscando comprender lo que ya sucedió y que mientras sucedía no lo pudieron visualizar. Se descuidan de ese modo, caen en la verborragia periodística que es una emulación de «alta cultura» que jamás alcanzan y esa es la mancha venenosa que avanza porque nos lleva a equívocos; vayamos a lo poco serio de ideas, grupos de opiniones, negocios, pertenencias, redes sociales, mezcolanzas, donde lo totalitario y peligroso para nuestra existencia circula a sus anchas por debajo de la crítica especializada.

Sabemos que compartimos espacios determinados con gente que no quiere escuchar y eso se lo hace sentir a otros; se lo ve muy patético, por ejemplo, en espacios políticos: ser abierto, franco en el decir, te puede llevar al exterminio, por ahora virtual. Ellos no aceptan voluntariamente compartir en grupos con quienes consideran oponentes, peligrosa competencia, desafío a sus intereses; es mejor que sus enemigos estén guardados, desaparecidos, eliminados. Obviamente, hablo de manera simbólica, metafórica; pero se entiende lo que digo: la cultura de la cancelación, falta de respeto, escarnio público, violencia organizada, discursos supremacistas; se inscriben en lo que vengo expresando.

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