En los siglos III y IV, los desiertos en Medio Oriente se poblaron de eremitas cristianos, quienes se alejaban de los centros poblados a vivir en soledad, silencio. La libertad comenzaba por darle la espalda al sistema que los usaba, en el caso de los más jóvenes, en ser reclutados compulsivamente como soldados romanos; pero también a la población en esclavos de una vida de trabajo duro, impuestos, precariedad, donde los que acumulaban riquezas y concentraban poder eran unos pocos.
No solo tenía un trasfondo religioso, la fe no se andaba con medias tintas, lo uno o lo otro, Dios o el mundo; existía un espíritu de liberación al conocerse a sí mismo y saberse fuerte, logrando un estado de indiferencia, autonomía ante las cosas y los demás, independencia frente a las instancias de autoridad, desapego al perder el miedo a perder.

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