Política de unos cuantos

No resulta sencillo formar equipos de trabajo en un partido político, donde el compromiso de los afiliados es fundamentalmente de espectadores en su mayoría; esto tiene su valor, es enorme porque significa la banca (simbólica y más que eso en puntuales casos) de un capital humano que está ahí, a pesar de todo, haciendo posible la existencia del partido como tal.

Cuesta remarla cuando la estructura de una organización empieza a pesar, los afiliados de espectadores pasan a ser nada, no se los tiene en cuenta en el armado, los tejes y manejes que reparten poder, quedan fuera de las decisiones, no eligen ni votan nada. Aparece en escena de manera cada vez más protagónica la figura del empleado (algo muy afirmado en la cultura santafesina, que es desde donde escribo estas líneas), un tipo de «afiliado» peón que opera en esa lógica de subordinación y dependencia a la billetera de alguien (en algunos casos ni siquiera es la billetera de quien la ostenta, que es otro peón más jerarquizado); concretamente, nada resulta claro del todo.

Indudablemente, acá nadie habla de banderas, ideas, valores, militancia, corazón, camiseta, bien común, interés público, la Comunidad………; todas estas idealizaciones ya fueron superadas, estamos en la etapa en que se siguen usando las mismas como atractivo de marketing para captar nuevos ilusos que vendrán a poner lo suyo; por cuanto ni siquiera tienen valor real para los ilusos que están dentro y ya pusieron todo para que el negocio de algunos prospere.

Terminan siendo unos cuantos los que corten la torta y se repartan las ganancias de este emprendimiento llamado partido político en Argentina; lo hace cualquiera con la viveza criolla de algunos y la mano de obra ingenua de otros.

Esto que describo es una de las tantas caras de la casta, sobre la que hablamos a menudo y repetimos sin mediar reflexión de por medio. Habría que revisar puertas adentro de los espacios partidarios autodenominados libertarios, liberales, republicanos; que dicen ser «lo nuevo».

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