Capaces de lo peor cuando se trata de lo que ellos llaman sus derechos. A la hora de reclamar organizados tiran los hijos, la familia, lo que sea a la calle sin escrúpulos.
Despotrican contra el gobierno, difaman, injurian, desestabilizan hasta salirse con las suyas; débil gestión de gobierno aquella que basa su fuerza en esta mano de obra, ni el voto tendrá a su favor la próxima. Algo más peligroso se cierne en esta lógica proselitista muy usada para llegar al poder: el voto estatal deviene extorsivo con el tiempo, condiciona la gobernabilidad.
Son un poder dentro del poder instituido, el Estado en el Estado, un Partido con ramificaciones e intereses sectoriales impensados; la politización del Estado hace que el mismo opere a través de sus integrantes como aparato ideológico; en el caso argentino es en no pocas expresiones, inoperante, deficitario, corrupto.
Hacen uso de los recursos públicos, equipamientos, instalaciones, funciones, beneficios, como si fueran los propietarios; si algo sale mal se victimizan, si buscamos cambiar o mejorar, aparece el llanto, la queja, de vuelta la victima perfecta exigiendo que nada se mueva de su lugar ni deje de ser lo que siempre ha sido.
Un lastre al bolsillo de todos y de la Democracia que suponemos un estadío de existencia ciudadana sin privilegios.

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