A menudo suelen pasar desapercibidas las peores personas, monstruos a la vista de todos; en perspectiva, somos detectives de casos resueltos, pero no vimos o subestimamos las señales.
Todo el mundo tiene tres caras, una pública que se deja ver lo que buscamos mostrar; la privada, donde aparecemos modo relajados y con la guardia baja en presencia de los íntimos y cercanos; hay una última cara, no se la mostramos a nadie y guarda secretos, capacidades que están ahí esperando su turno para detonarse.

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