
La crisis de la Filosofía, habiendo tantos filósofos altamente calificados, técnicamente impecables, docentes de trayectoria, investigadores, ensayistas, militantes políticos, comentadores; sin embargo, caemos en la de siempre, hay que vivir lo que se piensa y se dice.
Tampoco es terminar en la vieja división entre académicos y librepensadores sin profesión conocida; menos aún volver al enfrentamiento platónico contra los sofistas; o entronizar la practicidad del estoicismo y otras corrientes, frente a la pluma de los escritores de manuales para ética. Todo suma, ayuda, complementa, nos guía; aunque no alcance a poner la labor del filósofo en el lugar que el actual siglo XXI le demanda.
Es de público conocimiento los excesos de organizaciones, estados, empresas, que no rinden cuentas de sus atropellos, abusos de autoridad, violencia organizada; como tampoco, de la brutalidad cuando emprenden acciones contra los demás, los enemigos que construyen, sus objetivos estratégicos. El horizonte de estos eventos, van desde las palabras en redes sociales hasta el exterminio en masa consecuencia de intervenciones militares, sin por esto igualar o poner en el mismo lugar a las víctimas o sus victimarios.
Donde está el dolor esta la verdad. No veo en la mayoría de los filósofos contemporáneos, en la labor filosófica que llevan a cabo, impulsar sus actividades cargadas de los sentimientos de tanta gente dañada. Les falta esa pasión que es Filosofía y no se tiene que detener ante vivos o muertos; deben decir algo en favor de los que ya no pueden dar testimonio alguno de su padecer.

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