
Asistir al patético espectáculo que dan determinados periodistas argentinos, con años de trayectoria y canas en la cabeza, intelectuales, aplicados locutores, versados profesionales de la comunicación social; llorando porque se sienten atacados en las formas del presidente de la nación; por la virulencia de la juventud libertaria y el viejaje de la derecha; judicializando la palabra, iniciando demandas, obsesionados con criticar todos los días a Milei; desfigurados de odio, impotencia, venganza.
Hay momentos que me llevan a considerar que nuestra libertad de expresión está en peligro, pero me calmo y pienso mejor…; primero, la prensa argentina no tiene el monopolio de la libertad y ellos nunca la encarnaron; segundo, desde que tenemos Democracia de forma ininterrumpida, no he visto que el trabajo de periodista signifique un riesgo de vida en Argentina; tercero, no encuentro que en las palabras de los periodistas se halle la existencia de los mismos.
Por lo tanto, en el circo de la prensa argentina, basta con que se aplaudan entre ellos, al igual que los políticos; no hay heroísmo alguno que reconocer, más aún, deberían agradecer padecer un tiempo de persecución, discriminación y proscripción; les resultaría saludable, significaría aire fresco. Siempre fueron funcionales al poder de turno, colgados del Estado proveedor, mimados por el Sistema, amparados en los secuaces del poder judicial.

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