Cuando te pones a pensar que dedicarle dos horas diarias a las redes sociales son 30 días de tu vida al año, darse cuenta de esto es una ducha de agua fría en invierno. Seguir viendo lo que se pudo haber hecho en la existencia real y no lo vivimos, es para apretarse los huevos contra la puerta, tiempo que no vuelve más.
Quizás no había tanto de que lamentarse. ¿Qué otra cosa tiene para hacer el que no sabe disfrutar no hacer nada; que tiempo libre pretende el que trabaja toda su vida, si aunque lo tenga no sabe vivirlo y tampoco le pertenece?

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