Pullarín y sus deliciosas reflexiones o por qué me persiguen los guardias cuando entro al supermercado

«Una sociedad crece grande cuando los viejos plantan árboles a cuya sombra nunca se sentarán», proverbio griego.

El camino no es hacer de algunos gatos, nuestras autoridades; sé que suena a misógino o despectivo, lejos de eso estoy, queremos animarnos a pensar y expresarlo en libertad desde la ficción, en un texto literario como el presente, sin buscar atentar contra genero alguno, provocar odio o realizar falsas acusaciones. Entre Narizotas de la merca gobernando y sinvergüenzas devenidas señoras con el tiempo, nunca saldrá un país mejor.

Tampoco en el reino de las feas/feos y resentidas, patas sucias, con olor a sobaco y sin depilarse; son juicios prejuiciosos e invalidantes de la libertad. La supuesta superioridad moral de algunos sobre otros no pasa por teñirte los ojos de azul o ser un lindo de aquellos; tampoco las víctimas lucen Madre Teresa de Calcuta. Si moralmente sos una mierda (y no importa quienes digan lo contrario, sos una bosta sin lugar a dudas), esta fealdad es contraria al bien. Aunque, en Argentina ha surgido un fenómeno de reciente aparición, donde no sos fea o feo y probablemente un delincuente…; sos pobre.

Hay quienes arman partidos para saltar al negocio de la política, son organizaciones electoralistas; mientras no cambiemos las reglas del juego, estarán los que se organicen para asaltar al Estado y defraudar a los ciudadanos; empleados de algún personaje público o privado, que la juegan de referentes de los demás con el dinero de todos los contribuyentes.

¿Y de donde me vienen estas iluminaciones profanas de la disyuntiva moral entre pisar una cucaracha o matar una mariposa? De vivir en la ciudad de Santa Fe y haber compartido experiencias de militancia política. Lo nuevo todavía no llego y los santafesinos lo saben, por eso en su mayoría no concurren a votar.

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