Entre mil finales, 999 terminan mal

Se agota este tiempo sádico, el dolor de mucha gente no le da cabida a una violencia estúpida, subordinada al poder. Nuestra capacidad de sufrir ha perdido sentido.

La necesidad de muchos en creer sin saber que es lo que quieren, mantiene vigente a una clase política de chantas; pronto estaremos en otra, Argentina donde en media hora somos algo distinto, pero en otras, trescientos años no son nada.

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