
La risa es contagiosa, con el tiempo reímos menos, hemos aprendido a diferenciar la alegría de reír con la alegría de vivir. Suponemos ingenuamente que reírnos de alguien que tropezó, no es lo mismo que matarnos de risa cuando se tiro del avión y se olvido de ponerse el paracaídas. Pero sí, en el fondo es lo mismo, reírnos de la desgracia ajena, disfrutarlo, ser felices como niños ante el espectáculo del que muere frente a nuestros ojos.
Es como suplicar ante cualquier gobierno argentino porque se pasa hambre, cuando los que lloran y se salen con las suyas son los que menos necesitan. De hecho nunca vimos un cagado de hambre, esa imagen de «cagado de hambre» nos da risa.





