La jerga de los supremacistas de la actualidad, moralear de libertad de expresión y discursos de odio; son las ironías de la existencia en Democracia, cinismo al palo.
Se apropian del dolor de las víctimas, de su resentimiento, lo reeditan con fines políticos y acrecientan su poder. Simple y directo: por un lado exigen garantías para seguir ejerciendo la libertad de hostigar y maltratar a los que viven y piensan distinto; por el otro, amordazar y privar de los derechos de defenderse a sus enemigos, quieren víctimas pasivas, no violentas, respetuosas de la ley y el orden.
La estrategia de algunos es conocida: mudos, no saben no contestan, pero mantienen intacto un sistema de impunidad y violencia organizada puntual, selectiva; mientras fingen demencia y juegan a los verdugos amables, representando la paz, esa empatía medida y redituable.
Saben darse vuelta como gatos en el aire. Una táctica de combate antisupremacista: tiempo para sorprender y golpear donde más duele. Habiendo gastado todas las palabras, ya que éstas no sirven de nada ante estos personajes; la segunda etapa, el silencio como preparación de la acción directa.
Si no actuamos y seguimos en el plano masturbatorio de las palabras, se van a llevar puesto nuestras libertades, la dignidad humana y harán de la democracia un Régimen autoritario. Cada uno desde su lugar, las acciones colectivas no resultan, fueron neutralizadas, pero no pueden todavía determinar el próximo paso de un descolgado del sistema.