Existen variados «cables a tierra», modos de desenchufarse de las rutinas, obligaciones, trabajos…; si vivís en Argentina, habitas dos planos fundamentales de existencia, la casa (habitación, departamento, como quieras llamarlo) y el trabajo (empleo, función, labor, el nombre que se te ocurra darle). La gente en su mayoría recorre ese trillado camino de ida y vuelta; o lo reduce a uno solo.
Sin embargo, hay un tercero en discordia, que sin darnos cuenta lo arruinamos en la prolongación del más de lo mismo.
Plazas, bibliotecas, espacios públicos con actividades de diversa índole, la naturaleza, el rio, mar, los cerros, monte…; si esto último no nos resulta, tenemos dificultades para vivirlo, disfrutarlo, porque tal vez no nos ofrece satisfacciones inmediatas, nos aburre, no tenemos con quienes compartirlo o acércanos a otros se nos hace tarea casi imposible…; podemos echar mano a los celulares, internet, redes sociales….
Entiendo, ir a una biblioteca, por ejemplo, que nos está esperando vacía, con todos sus empleados a nuestro servicio, en un ambiente cómodo, silencioso, llena de libros que están ahí para que les prestemos atención; lo sé, se complica, no poseemos los recursos propios que nos permitan aprovecharlo, que no pasan por lo económico o ser alguien de otro mundo.
Aquí entra en juego algo que los libertarios no alcanzamos a comprender del todo, especialmente los libertruchos, fascistas del emprendedurismo, los cuales entre picapiedras mentales, pobreza, apuntan a cerrar el espacio de lo público, circunscribirlo a algo meramente simbólico, con un paisaje urbano lleno de comercios, emprendimientos privados o estatales, donde hay que pagar para existir, el precio termina siendo alto y la cabeza de muchos colapsa. Demasiado pagamos una vida entera por nuestro espacio en común, para cederlo a unos empresarios o al Estado. No es libertaria esta manera de plantear la vida en comunidad.

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