Reto noventa días: superando el miedo a ser principiante

Después de escucharla en YouTube bajo ese desafío personal, comprendí que uno no siempre se levanta todos los días y tiene algo que decir; pero Sofía del Campo no se da por vencida. También entendí que no necesitamos creer en dioses que todo lo ven, tampoco demasiados dispositivos o algoritmos para conocer la vida de los demás.

Vayamos a lo nuestro, desde este sitio web nos preguntamos por qué los ciudadanos no podemos vigilar, controlar, monitorear al Estado; no hablemos de auditar, existen al respecto institucionalmente organismos al respecto, que en algunos casos están de adorno o funcionan para justificar las medidas del poder ejecutivo, en un país donde universidades y otros ámbitos estatales desfachatadamente se niegan a rendir cuentas.

Por qué no tener cámaras de video en todas las reparticiones públicas, programas de monitoreo de las actividades digitales, donde podamos los ciudadanos ver que hacen los empleados públicos en las supuestas labores diarias; los ciudadanos ponemos de nuestros bolsillos el dinero para que el sistema funcione, queremos realizar un seguimiento de todo lo que se mueve dentro de esos edificios plagados de empleados, funcionarios, políticos; saber que hacen, cuando van al baño, duermen, en las computadoras y sus celulares oficiales.

En Argentina y esto es una nota de color: se esconden los asalariados estatales en los edificios públicos, se encierran en ellos, fuera de la vista de los demás pasan sus horas, se adueñan de las reparticiones públicas.

No, la lógica domestica aceptada es al revés, el actual gobierno liberal libertario (que apoyamos, militamos) y los gobiernos desde las dictaduras militares pasando por todas las Democracias, tienen algo que los une por encima de cualquier diferencia ideológica: el excesivo poder de los servicios de inteligencia estatales, que a modo de Gran Hermano ejercen un seguimiento, vigilancia, monitoreo sobre la vida de los ciudadanos, sin que ningún control institucional pueda ponerle limites reales verificables; por una sencilla razón, son el Estado en su máxima expresión.

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