Lo que solemos pasar por alto es la violencia que instalo el «sentido común» de los autopercibidos «normales»; se apropiaron de palabras, ideas, conceptos, para decir cualquier cosa contra luchas, vidas, historias. Aparecieron de repente en la escena pública desde la política como si nunca hubieran estado, sabemos que esto no es así.
Violencia que tiene su narrativa, creencias, prejuicios: se impulsa desde tirar la piedra y esconder la mano; hacer de las tuyas y borrarte; joder a otro y esconderte; abusar del poder; linchamientos sociales; escarnio público. El arma del momento más usada por estas latitudes, gracias a las redes sociales, es el desprestigio, la injuria, estigmatizar, atentar contra el honor y la reputación de los demás; metodología de larga data que ha cobrado mucho énfasis en la actualidad.
No es un dato menor, el daño es irreversible y equiparable a quitar la vida de alguién; la respuesta a eso no tiene limites ni medida; en este plano moral el plexo jurídico poco importa, aunque se expida al respecto. El torturador debe ser eliminado de algún modo, porque no cesa, martiriza repitiendo y recordandole a la víctima su tormento.
Hasta para la titularidad de una marca que produce o fabrica algo, hay toda una legislación que protege minuciosamente el nombre, la reputación; aquí nos cuidamos mucho y no dejamos pasar una, lo liberal libertario no corre, todos apelan a un Estado fuerte que les de protección en ese sentido; pero contra determinadas personas físicas, colectivos, oponentes, vale todo.

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