Exiliados en democracia

«…las penas merecidas ya el librito aquel las pagó». Ovidio.

Cuando ves que tus escritos, opiniones, audios, resultan motivo de obsesión para algunos, basta con dos o tres de estos lectores, para saber que estamos en el camino correcto, no falla esta probabilidad, es alta, hay que considerarla como parte de la preocupación de unos jugadores que apuntan a ganar la partida y que no están solos en esa visión de las cosas; en tal sentido, no sabemos qué tan conscientes son de lo importante, actúan defensivamente ante el peligro que representamos quienes vamos ganando el juego sin habernos propuesto tal cosa.

«¡Qué me van a hablar de amor!», tango de Julio Sosa.

El exilio como uno de los nombres del silencio, es un valor de quienes estando del lado de la no violencia deben ser más fuertes de lo corriente. Este aspecto cultural argentino, no necesariamente es comparable a otros lugares del mundo; nosotros también tuvimos dictaduras militares y hubo más un negocio de exiliados que exiliados de verdad (no negamos la existencia de los mismos); de esos casos no hablaremos aquí.

Los servicios de inteligencia argentinos, ese mundo payasesco, lleno de novelas y operetas, el espejo que junto al futbol más define lo argento de estas tierras; nada como pececito en la pecera estatal cuando se trata de libertad de expresión, junto a la cosa nostra judicial, operan de común acuerdo contra quienes se les da por ser independientes, realmente autónomos, libres en su decir y en su hacer. Este aparato de persecución velada, coercitivo, camuflado en el funcionamiento de los mecanismos internos institucionales (con visos de legalidad) se replica en muchos ámbitos que se retroalimentan del poder de turno: partidos políticos, iglesia, organizaciones sociales, sindicatos, reparticiones públicas, empresas, fuerzas policiales, de seguridad, militares, políticos, gobernantes, legisladores, prensa y un largo sigue sigue….

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