En los primeros años del cristianismo hubo quienes se retiraron a los desiertos, a llevar una vida dura, solitaria, de silencio…; fueron ermitaños, anacoretas, cenobitas; tenían sus diferencias, variantes, pero los unía el hecho que vivían solos, en comunidad, cada uno en la celda o pieza, como quieran llamarla.
Ante una afección, vicio o debilidad por algo; por ejemplo, si te asaltaba el demonio de la tristeza (como ellos lo describían), de querer abandonarlo todo, hacer lo no saludable para ti mismo; el consejo era claro: NO SALGAS DE TU CELDA. Hasta que no pase la tormenta, no salgas; en la celda vas a encontrar las respuestas que estas buscando, vas a poder resistir mejor, empoderarte, fortalecer tu ánimo, templar la actitud.
La celda no solo es una cuestión de índole religiosa, de supervivencia, también es una dimensión política. Habría que ahondar en la postura de Carl Schmitt, lector de Heidegger, «…Esta es la sabiduría de la celda. Pierdo mi tiempo y gano mi espacio».
Incluso, para los que gustan recitar frases de la Biblia, suele repetirse aquella de San Mateo, «…estuve en la cárcel y me visitaste». En la celda autoimpuesta, el monje (solitario) encuentra a Dios, no solo en su corazón/mente, sino en su contexto material de austeridad-exigencia-ascesis física.

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