El recambio generacional se nota en algunas ciudades pequeñas-medianas, donde la gente tiene la costumbre de morirse o se pierden en algún geriátrico y los hacen pasar por muertos; aparecen caras nuevas, emprendimientos de gallineros con departamentuchos unos arriba de otros.
Encima, casas que vienen de cuando San Martin descanso con sus tropas antes de cruzar los Andes; las pintan, les lavan la cara y te las venden como nuevas. No sé, hay compradores que se quedan en lo obvio y como todo en la vida, nada es como aparece o es un modo de aparecer entre otros, veamos eso «otro», lo que no se ve: cañerías, sistema eléctrico, vecinos, servicios de la zona, el narco que vive en frente, el psiquiátrico que le molestan los ruidos y vive al lado, el edificio donde laburan las chicas cariñosas, el departamento que no puede ser habitado porque fue hecho para oficina, los papeles que no cierran, los herederos escondidos. Asesorarse técnica y legalmente.
Hay que hacer como los servicios de inteligencia, un ambiental de las cercanías, hablar con la gente, recolectar información del inmueble y su propietario.
Si queremos realmente vivir y no es para negocio, empezaría pensando antes que nada en una casa si o si, nunca departamento. Casa que no tenga pared de por medio compartida, ni una ni dos, entre viviendas contiguas, donde martillar tu pared y que el vecino ni se entere; fundamental para la independencia y libertad en el espacio propio.

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